EL NIÑO  QUE APRENDIÓ A MATAR

Ésta novela está escrita a dos plumas, la de Fernando L. Martín y Magda Guarido Jonema

Título original: El  niño que aprendió a matar

© de la obra: Magda Guarido Jonema, 2026

© de la edición: Howse  of Writer

Ilustradore: Magda Guarido Jonema (contiene IA)

Primera edición: junio 2026

ISBN: 9798186693505

Impreso en España - Unión Europea

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CAPÍTULO 1 - NUNCA SE DETUVO

Un hombre mayor mira el mar desde la ventana de una residencia exclusiva del este de España. Con calma, casi como un ritual aprendido hace décadas, saca una bolsa de tabaco del bolsillo de su chaqueta y comienza a liarse un cigarrillo. El temblor de sus manos le obliga a repetir el gesto más de una vez; parte del tabaco cae sobre su americana negra. Recoge con paciencia algunos restos de hachís, los coloca de nuevo en el papel y sacude lo sobrante, como si cada movimiento tuviera un orden establecido. Es un hombre alto, muy alto para su edad. Roza el metro noventa, como siempre le dijeron. A sus sesenta y cinco años conserva una forma física envidiable, fruto de una disciplina férrea que nunca abandonó: cada mañana, a las seis en punto, corre una hora por la playa. Antes eran dos, con el agua hasta las rodillas, pero eso ya quedó atrás. Después, dedica dos horas al gimnasio, moldeando un cuerpo que aún responde, trabajando pectorales, espalda y resistencia, y evitando, en lo posible, los tirones lumbares que la edad trae consigo. Completa la rutina con una hora de piscina, nadando a ritmo constante. Ese entrenamiento diario lo mantiene por encima de muchos hombres con veinte o treinta años menos; es una obligación que se impuso hace mucho tiempo, cuando aún vestía uniforme, y que sigue cumpliendo sin excepción. Tras la primera bocanada, el temblor parece remitir. Sus ojos se clavan en el horizonte con una mirada inquieta, afilada, casi animal. Son grises, de un gris oscuro cercano al plomo, y, aunque el tiempo ha pasado por él, en ellos sigue latiendo algo joven, alerta. Hace años necesitó gafas para leer, pero una operación reciente le devolvió la visión lejana casi intacta. Nada se le escapa. 11 Cuando termina el cigarrillo, sus manos ya no tiemblan. Sabe que no debe fumar más de uno al día, salvo en ocasiones excepcionales, y hoy no lo es. Se observa las manos: envejecidas, sí, pero cuidadas. Dos veces al mes se somete a una manicura que elimina cualquier descuido. Viste ropa moderna, siempre en tonos oscuros. Las gafas de sol, su piel morena y el porte recto le dan un aire más joven del que realmente tiene. Aún recuerda los consejos de Jacqueline, una estilista francesa con la que convivió años atrás. Entra en el salón cerrando con cuidado la terraza, asegurándose de que el pestillo encaje. Se dirige al baño. Cepillado metódico: veinte pasadas al frente, veinte a la derecha, veinte a la izquierda. Después, enjuague, flúor y lavado de manos. Todo en orden. Se mira en el espejo. El pelo, oscuro, claramente teñido, corto, cortado a navaja y peinado hacia atrás, mantiene una elegancia sobria. Sobre la cómoda descansa un reloj de bolsillo. Lo recoge con cuidado, coloca la cadena y lo observa un instante. Es un cronógrafo militar Elgin. En el reverso, una inscripción: Legio Patria Nostra, sobre una granada llameante. Un recuerdo de la Legión Extranjera francesa, del día en que se despidió de ellos tras cinco años de servicio y varias incursiones en África. Muchos lloraron. Algunos viven hoy gracias a él. Se coloca después un anillo con una figura extraña, incomprensible para casi cualquiera. Sin embargo, más de la mitad del personal del Ministerio del Interior francés reconocería ese símbolo sin dudarlo: pertenece al SDECE, el servicio secreto. Su implicación en la lucha contra la O.A.S., el descubrimiento del general Paul Gardy en Barcelona, el frustrado atentado contra De Gaulle en Clemenceau… Logros que le valieron incluso el agradecimiento personal del propio general. Ese anillo no es un adorno; es una credencial. Toma un sombrero claro, agarra su bastón y sale del apartamento, cerrando con dos vueltas de llave. El complejo se alza en la ladera de una montaña. Ciudad Patricia. Un lugar para mayores con todos los servicios imaginables: apartamentos, residencia, jardines y atención médica constante. Pero él no lo eligió solo por eso. Dos de los bloques pertenecen al Ministerio de Defensa español. Allí está entre los suyos. Además, el 12 recinto está protegido, controlado y resulta difícil de penetrar sin levantar sospechas. Y, por si acaso, varias microcámaras discretas vigilan el entorno, conectadas a su propio sistema. Nada queda al azar. Los tres kilómetros que lo separan del café Torre Principado los recorre a pie cada día. Allí tiene su segundo apartamento, el de trabajo. Nunca mezcla lo personal con lo profesional. Allí recibe a quien debe recibir. Benidorm fue una elección estratégica: nunca trabajó allí; nadie lo conoce. Es un desconocido entre miles. Camina despacio, apoyándose en un bastón que no necesita. Saluda a las mujeres con un leve gesto del sombrero; a los hombres, con una inclinación de cabeza. Siempre sonríe. En la avenida Estocolmo, un joven rubio se le acerca. —¿Puede decirme dónde está la policía? El acento lo delata: inglés, probablemente de Marylebone. Formación, educación. —Lo desconozco —responde con amabilidad—, pero aquí cerca tiene un hotel donde podrán informarle. Mientras habla, activa el mecanismo oculto de su bastón. Nadie lo percibe. Dentro, un estilete. —¿Quiere que lo acompañe? —Me han robado la cartera… Lo observa. Nervioso, pero limpio. Lo acompaña hasta el hotel, se asegura de que entra y se marcha. Hace años, en Marsella, alguien decidió no pagarle. Murió sin entender por qué. No olvida. Nunca. Continúa su camino, vigilando reflejos, caras y patrones. Su memoria no falla. Se detiene ante los escaparates y utiliza el cristal como espejo. Viejas técnicas. Aún útiles. Entra en la panadería. —Una baguette, por favor. Sigue caminando hasta el café. Se sienta. 12:55. —Un café americano y una pasta, por favor. 13 Observa a su alrededor. Turistas, jóvenes, ruido. Nada relevante. Hasta que escucha una voz. —¡Maripi, levántate del suelo! Se gira despacio. —Abuela, tengo doce años… Y algo en su interior se detiene.

 

CAPÍTULO 2 - EL DÍA QUE TODO CAMBIÓ

Su mente, en ese instante, volvió a su niñez, cuando tenía doce años. Madrid. El Madrid de hacía cincuenta y tantos años, cuando, después de salir de Santander, siguió a su padre de una ciudad a otra: primero Burgos, más tarde Bilbao y, por fin, Madrid. Vivían entonces en la calle Zurbano, en el barrio de Chamberí, una zona histórica. La vivienda era amplia, demasiado para sus padres y para él, ya que era hijo único; estaba algo apartada del centro, interesante para un chico de su edad, aunque cercana a la base del ejército donde su padre, el coronel González, trabajaba. Realmente no sabía cuál era el trabajo de su padre; nunca se le veía vestido de militar, salvo en actos oficiales. Hacía ya años que no vivían en contacto con otros militares, como al principio, cuando estaban rodeados de ellos, y cuánto le gustaba entonces oír historias de la guerra. No hacía más que quejarse de su mala suerte: lo habían separado de sus amigos de siempre, en tres años había cambiado dos veces de colegio y, además, aquel año no iría a ver a su abuelo en Zaragoza. Su abuelo, en realidad, vivía en uno de los pueblos que bordeaban el Ebro. Francisco, militar retirado y varias veces condecorado, era el padre de su padre; fue quien le puso el nombre, Paco, y quien lo llevaba a pescar al río o a poner trampas para conejos cada tarde. Siempre sonreía y le repetía que se fijara en cada detalle de lo que pasaba a su alrededor, que, en tiempo de hambre, todo brote podía comerse. Por las noches le contaba historias de las dos guerras que había vivido, ya que, después de la española, fue destinado a Alemania como asesor. Su abuela le preparaba gachas de garbanzo de yerba, la comida que más le gustaba; jamás volvió a comerlas tan bien. 15 El primer día de colegio en Madrid fue un golpe. Un colegio de monjas, grande casi como un cuartel, con cientos de jóvenes, unos despistados, otros más centrados, pero casi todos de familias acomodadas: hijos de militares, guardias civiles y altos dirigentes. Entre ellos estaba Maripi, pelirroja, menuda, sonriente, con una pequeña mella en el paleto derecho. Ella fue el motivo por el que apretó un poco más en los estudios e intentó evitar el castigo de un internado con el que su padre lo amenazaba constantemente. El coronel González, por su parte, estaba encantado con aquella amistad: el padre de Maripi era secretario de gobernación civil, un cargo importante en Madrid, y eso le interesaba; fomentó la relación desde el primer momento. Paco nunca supo cómo, cinco días después de hablar con ella, su padre sabía tanto de la vida de su familia. Con Maripi hicieron buenas migas desde el principio. Ella era un poco menor, pero el descaro de Paquito ante las monjas la atraía; le gustaba escuchar sus historias, las jornadas de caza con su abuelo Jorge en Gerona, cómo caminaba horas tras los jabalíes por los Pirineos o las tardes en la playa de La Magdalena, en Santander. Se quedaba extasiada cuando él hablaba de cómo la ciudad se recuperaba del incendio que la había devastado años antes de su nacimiento, o de cómo aprendió a nadar en los muelles entre raterillos y, después, a robar carbón de los trenes para cambiarlo por tabaco, porque él fumaba. Durante dos años también le contó cómo eran los campamentos del Frente de Juventudes, cómo le enseñaban a hacer fuego en el monte sin quemarlo, a montar una tienda con una manta y dos ramas, a pasar noches en la sierra… Cosas que, de niños, hacen sentir importantes, pero que, con el tiempo, no son más que fragmentos de una libertad prestada. No eran novios, no. No había roces carnales; Paquito aún no sabía lo que era eso. Algún beso fugaz, nada más. Eran amigos, de los que se lo cuentan todo, de los que ríen y lloran juntos. Corría el mes de junio de 1954 cuando una tarde Maripi no pudo ir con él al Retiro. Al pasar a buscarla, su madre le dijo que habían llegado unos tíos de Sevilla y que se quedaría en casa. Paquito se quedó desolado; no sabía qué hacer, le faltaba su mitad. Paseó por el Retiro fumando, mirando las barcas, hasta que empezó a oscurecer y decidió volver. Entonces la vio. Estaba en los soportales de la 16 Castellana y parecía discutir con alguien. Se acercó con la intención de hablar con ella y, en ese momento, vio claramente cómo un chico bastante mayor le daba una sonora bofetada mientras intentaba tocarle los pechos. —Déjate, tonta, que no te haré nada; solo quiero sentirlos —decía el muchacho, moreno, de pelo negro, no muy alto, mientras intentaba meter la mano entre los botones de la blusa blanca que llevaba la chica. —¡No! ¡Déjame! —gritó ella, empujándolo y saliendo corriendo, llorando como la niña que era. Paquito se acercó para verle la cara. Su mano agarró la navaja que siempre llevaba en el bolsillo y la abrió con una sola mano. Quería darle un susto, quería que no volviera a hacerlo, que la dejase en paz para siempre. Ella ya le había contado que un chico la seguía a veces cuando iba sola a casa y le decía cosas feas; él solo pensó en protegerla. Pero cuando le vio la cara, todo cambió: no era un chico cualquiera, era el ordenanza del colegio. Y, sin pensarlo, le asestó una puñalada en la parte trasera del cuello, justo bajo la nuca. No lo hizo con maldad; solo quería que la dejara en paz, pero Juanjo cayó al suelo con el bulbo raquídeo partido en dos; fue un golpe de suerte terrible, no pudo ni hablar. Paco sacó la navaja, lo dejó dando espasmos y salió corriendo detrás de Maripi. La buscó desesperadamente; incluso la llamó desde la ventana, como hacía siempre cuando no quería que su madre supiera que hablaban, pero no contestó. De camino a su casa, unos gritos calle arriba lo sobresaltaron y, escondido en un portal, vio pasar a varios policías corriendo detrás de un sereno. El miedo le recorrió el cuerpo y lo decidió: se marcharía de Madrid en dirección a Gerona; su abuelo Jorge sabría qué hacer. Subió Ríos Rosas hacia Cuatro Caminos, torció en Bravo Murillo y, al llegar a Plaza Castilla, tomó dirección a la sierra. Una vez fuera de la capital, abandonó el camino; intuía que su padre, cuando fuese preguntado, lo delataría y que irían a buscarlo por las rutas habituales, así que decidió esconderse durante el día y caminar solo por las noches, siempre campo a través. Miró al cielo buscando la estrella polar, tal como le enseñaron en los campamentos, y echó a andar con ella como guía. Aquella primera noche recorrió varios kilómetros y, cuando despuntó el día, se tumbó 17 detrás de unos setos, medio cubierto de hierbas, durmiendo a intervalos y temiendo cada ruido. Durante horas, cualquier sonido lo hacía incorporarse, buscando alguna luz, temiendo la aparición de la Guardia Civil o de la policía armada. Hacia el mediodía el hambre era insoportable, pero, aun así, se obligó a permanecer quieto unas horas más; solo se levantó para hacer sus necesidades y se movió siempre agachado, hasta que le dolieron las piernas por la falta de movimiento. Durante aquel día no dejó de pensar en el disgusto que le habría dado a su madre, en las lágrimas que derramaría cuando la policía llegase a casa acusándolo de matar a Juanjo. Pensaba en el garrote, en aquella chica de Valencia, Pilar Prades, de la que habían hablado hacía poco en casa; la habían ejecutado y él imaginaba que debía de ser horrible morir así. Pensaba también en Maripi, en qué habría sido de ella, en qué pensaría al saber lo ocurrido, y se prometió escribirle desde Gerona, aunque supusiera que no querría volver a saber de él. Pensaba en su padre, en los problemas que aquello le acarrearía, en su carácter, en su obsesión por pasar desapercibido ante sus superiores, en cómo cualquier alteración de su rutina lo sacaba de quicio. Y pensaba en su abuelo, en que debía pedirle que no dijese nada, aunque sabía que su padre lo entregaría a las autoridades sin dudarlo, porque siempre repetía que la ley está para cumplirla y que no es lo mismo libertad que libertinaje. Cuando cayó la noche, se levantó y continuó el camino. El estómago le dolía, el cuerpo le pesaba, pero no se detuvo. Nunca lo hacía.


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